Por qué los tipos de interés de EE. UU. deben despertar a los inversores
Qué implican los tipos a largo plazo para los bonos, las acciones, el inmobiliario y las carteras de los inversores particulares
La rentabilidad de la deuda pública estadounidense a largo plazo ha vuelto a niveles que durante buena parte de la última década parecían difíciles de imaginar. Y no es una cuestión que afecte únicamente a quienes invierten en bonos. También influye en las acciones, los ETF, el inmobiliario, las divisas y el coste de financiación de empresas y gobiernos. ¿Qué nos está diciendo el mercado y a qué conviene prestar atención?
El mercado de bonos está enviando un mensaje
Los mercados financieros han retomado la actividad después del verano. Las noticias suelen centrarse en las bolsas, los datos de inflación y cada palabra de los bancos centrales. Sin embargo, una de las señales más claras procede de un mercado al que muchos inversores particulares prestan menos atención: la deuda pública estadounidense.
En una reciente emisión de bonos del Tesoro estadounidense a treinta años, el mercado llegó a exigir una rentabilidad aproximada del 5,22 %. Los tipos cambian a diario, pero el dato concreto no es lo esencial. La cuestión de fondo es que los inversores piden una remuneración considerable para prestar dinero a Estados Unidos durante tres décadas.
Esto importa porque los bonos del Tesoro siguen siendo uno de los pilares del sistema financiero mundial. Su rentabilidad sirve de referencia para innumerables préstamos e inversiones. Cuando los tipos a largo plazo se mantienen elevados, las consecuencias van mucho más allá del mercado de renta fija.
¿Por qué Estados Unidos tiene que pagar más?
Pensemos en alguien que solicita una hipoteca. Una persona con unas finanzas saneadas y poca deuda suele conseguir mejores condiciones. Quien ya debe mucho dinero o presenta un futuro financiero menos previsible normalmente paga más. El mercado de bonos responde a una lógica parecida: cuanto mayor es la incertidumbre, mayor es la compensación exigida.
Estados Unidos lleva años registrando déficits presupuestarios elevados. El Gobierno federal gasta más de lo que ingresa por impuestos y cubre la diferencia emitiendo deuda. Además, debe refinanciar los bonos que llegan a vencimiento. Por eso la oferta de nueva deuda pública sigue siendo abundante.
A ello se suma la inflación. Quien presta dinero durante treinta años necesita plantearse qué poder adquisitivo conservarán los futuros cupones y la devolución del principal. Si la inflación resulta más alta de lo previsto, esos pagos fijos valdrán menos en términos reales. Los inversores piden una mayor rentabilidad para compensar la incertidumbre sobre la inflación, las cuentas públicas y la futura demanda de deuda estadounidense.
El mercado no está diciendo necesariamente que Estados Unidos vaya a incumplir sus obligaciones. Sí está dejando claro que la financiación a largo plazo ya no se obtiene de forma automática a un coste bajo. Es una diferencia importante.
El tipo a largo plazo no es el tipo oficial de la Reserva Federal
En las noticias se habla a menudo de ‘los tipos de interés en Estados Unidos’ como si existiera uno solo. No es así. La Reserva Federal fija un tipo oficial a corto plazo. En cambio, la rentabilidad de los bonos a diez o treinta años se forma principalmente en el mercado, donde compradores y vendedores valoran la inflación, el crecimiento, la política económica y la cantidad de deuda que debe absorberse.
Por eso los tipos a largo plazo pueden subir aunque el mercado espere que la Reserva Federal reduzca los tipos oficiales más adelante. Puede existir la percepción de que la inflación seguirá siendo persistente, de que los déficits continuarán elevados o de que será necesaria una rentabilidad mayor para atraer compradores ante tanta emisión nueva.
Para quien gestiona sus propias inversiones, esta diferencia es relevante. Una bajada de tipos por parte del banco central no garantiza que caiga la rentabilidad de todos los bonos ni que la bolsa suba inmediatamente. Los mercados miran hacia delante y suelen incorporar las expectativas antes de que se anuncie una decisión oficial.
¿Qué ocurre con los bonos que ya están en circulación?
El precio de los bonos y los tipos de interés suelen moverse en direcciones opuestas. Imaginemos un bono existente que paga un 3 % anual mientras otro nuevo, con vencimiento y calidad crediticia similares, ofrece más de un 5 %. El bono antiguo resulta menos atractivo. Para encontrar comprador, normalmente tendrá que bajar de precio. Esa menor cotización eleva la rentabilidad efectiva para quien lo adquiere.
Cuanto mayor sea el plazo restante del bono, más sensible suele ser su precio a un cambio en los tipos de mercado. Esta sensibilidad se conoce como duración. Una variación relativamente pequeña de la rentabilidad puede provocar un movimiento mucho mayor en el precio de un bono a largo plazo.
Eso no significa que los bonos sean necesariamente poco atractivos cuando suben los tipos. Las nuevas emisiones ofrecen entonces una rentabilidad corriente más alta. Pero sí explica por qué ‘renta fija’ no equivale a ‘sin riesgo de precio’. Los fondos de bonos y los ETF de renta fija también pueden perder valor. El vencimiento, la calidad crediticia, la divisa y los costes siguen contando.
Por qué unos tipos más altos también afectan a las acciones
Las acciones y los bonos suelen analizarse por separado, pero compiten por el mismo capital. Cuando la deuda pública considerada relativamente segura ofrece más rentabilidad, el listón sube para el resto de las inversiones. Los inversores pueden mostrarse menos dispuestos a pagar valoraciones elevadas por empresas cuyos beneficios esperados se encuentran muy lejos en el futuro.
Esto resulta especialmente relevante para las compañías de crecimiento. Su valoración suele depender en gran medida de los flujos de caja futuros. Al descontarlos a un tipo más alto, su valor actual disminuye. Al mismo tiempo, las empresas pueden afrontar préstamos más caros, mayores costes de refinanciación y consumidores más prudentes.
No todas las compañías reaccionan igual. Una empresa rentable, con buena generación de caja, deuda moderada y capacidad para ajustar precios se encuentra en una posición distinta de otra que depende de financiación barata. La subida de los tipos estadounidenses no significa simplemente que ‘las acciones tengan que bajar’. Hace más importantes las diferencias entre sectores, modelos de negocio y balances.
Inmobiliario, bancos y economía real
Los tipos del mercado de capitales también llegan a la economía cotidiana. Las hipotecas, los préstamos empresariales y la financiación de proyectos se encarecen. Los inversores inmobiliarios pueden afrontar mayores costes financieros, mientras que los compradores potenciales disponen de menos capacidad de endeudamiento. Tanto las operaciones como las valoraciones pueden verse presionadas.
En determinadas circunstancias, unos tipos más altos favorecen el margen de los bancos, pero una subida rápida también genera riesgos. Las carteras de bonos pueden perder valor y algunos clientes o empresas pueden encontrar más difícil atender sus pagos. El resultado depende del balance de cada entidad, de sus vencimientos y de la calidad de su cartera crediticia.
Para el Gobierno estadounidense, el aumento de los tipos implica que una parte mayor del presupuesto puede acabar destinada al pago de intereses. El dinero utilizado para atender la deuda no puede dedicarse al mismo tiempo a infraestructuras, sanidad, defensa o rebajas fiscales. Un movimiento del mercado de bonos puede terminar reduciendo el margen económico y político.
Para el inversor europeo, el dólar añade otra dimensión
Quien invierte desde Europa en acciones, bonos o ETF estadounidenses no asume únicamente riesgo de mercado y de tipos. La evolución del euro frente al dólar también influye en el resultado final medido en euros.
Una inversión puede subir en dólares y, aun así, ofrecer un resultado menor en euros si el dólar se debilita. También puede ocurrir lo contrario: un dólar más fuerte puede favorecer la rentabilidad en euros. Algunos ETF cubren total o parcialmente el riesgo de divisa; otros no. Cada estructura tiene características y costes distintos.
Es un aspecto especialmente relevante para neerlandeses y otros inversores internacionales que viven e invierten en España. Los ingresos, los gastos, la residencia fiscal y las cuentas de inversión pueden repartirse entre distintos países y monedas. Por eso resulta más útil entender la estructura completa de las inversiones que valorar una posición de forma aislada.
¿Qué puede significar todo esto para una cartera?
La conclusión no es que todos los inversores deban realizar ahora la misma operación. El movimiento de los tipos es, ante todo, una invitación a comprender qué riesgos ya existen dentro de una cartera.
Una cartera de bonos a largo plazo se comporta de forma distinta de otra concentrada en vencimientos cortos. Las acciones de empresas rentables y poco endeudadas presentan un perfil diferente al de compañías de crecimiento con valoraciones elevadas. Un ETF amplio aporta diversificación entre muchas empresas, pero puede seguir estando muy expuesto a un solo país, sector, divisa o tipo de compañía.
El efectivo vuelve a ofrecer una remuneración visible, pero la inflación y el riesgo de reinversión no han desaparecido. Esperar indefinidamente el momento perfecto para entrar también tiene un coste. La pregunta útil no es únicamente dónde se encuentra la mayor rentabilidad, sino qué función cumple cada inversión dentro del conjunto.
Los inversores particulares pueden tratar de entender su diversificación por regiones y clases de activos, el vencimiento medio y la calidad crediticia de sus bonos, su exposición a divisas, los costes y su capacidad para soportar caídas temporales. No se trata de predecir el siguiente movimiento del mercado, sino de saber qué se tiene y por qué.
Comprender escenarios en lugar de fingir que conocemos el futuro
Los mercados invitan a formular pronósticos rotundos: los tipos van a bajar, la inflación está vencida o la recesión es inevitable. La realidad suele admitir varios desenlaces.
Si la inflación se modera y la economía pierde impulso, las rentabilidades podrían bajar y los bonos existentes subir de precio. Si la inflación persiste o el Gobierno sigue emitiendo grandes cantidades de deuda, los tipos a largo plazo podrían mantenerse elevados durante más tiempo. Y si el crecimiento resiste, algunas empresas podrían seguir presentando buenos resultados aunque los tipos altos limiten sus valoraciones.
Invertir con criterio no comienza con la certeza sobre un único pronóstico. Comienza entendiendo qué podrían significar distintos escenarios para nuestra forma de invertir. Quien sabe por qué se mueve un activo suele estar mejor preparado para los periodos de inestabilidad que quien solo mira la cotización de hoy.
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Kaspar Huijsman
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